No, no me refiero a un proyecto destinado a perder los kilos que me sobran (muchos, muchos) para lucir mejor el bikini este verano. Ni a los millones que pienso ganar cuando me toque de una vez el Cupón del Día del Padre. Me refiero a esas campañas que organiza Cáritas o las parroquias, o más raramente alguna institución no religiosa para recoger alimentos para los más desfavorecidos.
Recuerdo cuando era una muy joven scout y participé junto con todo el grupo en una Operación Kilo por las calles de mi pequeña ciudad de provincias. Durante una mañana y una tarde, un grupo de chicos cargados con mochilas recorríamos el barrio que se nos había asignado llamando de puerta en puerta pidiendo un kilo de alimentos para entregar a unas monjas de un pueblo de las cercanías. Creo que no llegué a saber qué es lo que hacían las monjas con los alimentos que les entregamos.Nos tocó una de las calles principales de la ciudad, con edificios relativamente antiguos, de aspecto señorial aunque algo gris, en los que, puerta con puerta, conviven gente de muchísimo dinero, de los de pasta de toda la vida, con gente muy mayor sin muchos recursos pero con un muy benévolo contrato de alquiler de renta antigua que les permite vivir en un pisazo enorme de techos altísimos por cuatro duros. Yo entonces no lo pensaba, no sabía de esas cosas, pero ahora sí, y recuerdo perfectamente quiénes eran los que nos llenaban más la mochila, nos decían las palabras más amables e incluso nos daban las gracias.
Hace años la Operación Kilo se solía montar una vez al año, antes de Navidad, que es cuando la solidaridad nos sale más por los poros; bueno, la solidaridad o el sentimiento de culpabilidad tras las compras y comilonas de rigor. Ahora, proliferan como las setas después de la lluvia. Incluso en el instituto público donde trabajo se ha organizado una Operación Kilo, evidentemente dirigida a los alumnos que han elegido cursar Religión y a algunos profesores que nos hemos interesado por el tema. El año pasado, en mi parroquia se organizaron varias Operaciones. En 2012 se ha decretado la Operación Kilo de manera permanente: el páter y el grupo de Cáritas parroquial han hecho una llamada general para que donemos todo lo que podamos durante todo el año. La cosa está muy malita. En una parroquia pequeña como la mía, el equivalente a un pueblo pequeño, hay 50 familias que dependen de Cáritas, que les entrega alimentos y les paga algunos recibos para que no les corten el suministro o les embarguen la vivienda. Algunos son feligreses y acuden directamente a la parroquia; otros se los envían el Ayuntamiento a través de Servicios Sociales. No deja de ser curioso que las administraciones públicas, los gobiernos, no puedan hacer otra cosa por los pobres que decirles que acudan a la Iglesia, la tan criticada Iglesia.
¿A santo de qué viene esto (nunca mejor utilizada la expresión)? Por un lado, a que estamos en Cuaresma, y es una de las épocas tradicionales para los católicos en las que hacer algún sacrificio extra para ayudar a los demás. Pero sobre todo, a que tras haber leído la noticia en algunos medios y no querer creerla, me he vuelto a la fuente, el blog de un párroco madrileño, que cuenta una anécdota que no sé si es para reír, llorar o lanzar juramentos.
Resumo la historia: un grupo de voluntarios trabajando en una Operación Kilo a las puertas de un hipermercado vio a un conocido dirigente sindicalista, de ésos de las mariscadas y los cruceros. Le entregaron un folleto informativo de Cáritas y le explicaron lo que estaban haciendo. El sindicalista no dijo ni mu y entró al centro comercial. No lo vieron salir.
Quiero pensar que, haciendo suya la máxima de que la caridad ha de ser anónima, hizo posteriormente una cuantiosa donación y que, por pudor, no se identificó.




